Y todo se volvió a cumplir. Ese evangelio anual que se repite en el transcurrir de nuestras vidas, puso su punto y seguido con el aldabonazo de la ojiva de nuestro Santuario.
Suelos pintados de ceras blancas y rojas, abrazados a esos pétalos, que llovidos desde balcones y azoteas, santiguaron el contorno de nuestros pasos, ofreciéndoles un fraternal y eterno abrazo fundido con multitud de olores, fervorosas plegarias y esa fe renovada en una céntrica plaza año tras año.
Ya se nos fue, porque ya ha comenzado de nuevo una víspera con una cadencia de doce meses, donde se nos obsequia con la posibilidad de vivir una Hermandad bajo nuestro propio techo, donde se acumula el trabajo diario, dado que, cuando queramos venir a darnos cuenta, estará de nuevo entre nuestras manos la próxima Cuaresma.

