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| JOSÉ MARÍA DE LA CONCHA GARCÍA |
Solo ha transcurrido un mes desde que volvimos a guardar túnicas, antifaces, fajas y costales en las entrañas de un armario. Solo quince días que flores y mantoncillos han vuelto a dormitar dentro de esa caja que solo anhela que de nuevo llegue la tan ansiada primavera. Unas simples horas desde que el pasito de nuestra, cada vez más importante, Cruz de Mayo posó sus cuatro zancos en el suelo y esos jóvenes costaleros se acostaron cansados y pudieron volver a disfrutar de su hazaña mañanera soñando con el momento de intercambiar el sol de una radiante mañana de mayo como la de ayer, por un luctuoso cielo presidido por esa gran luna llena que ilumine nuestra "madrugá" eterna.
Momentos de familia, momentos de alegría, espacios de gozo, Hermandad de Los Gitanos en estado puro, en los que dejamos a un lado desavenencias para poder disfrutar todos a una.
Pero los momentos buenos no se hacen grandes en el tiempo, duran poco para poder ser disfrutados en el recuerdo y, de esa manera, valorarlos en lo que realmente valen, ya que las circunstancias, adversas en la mayor de las ocasiones, vuelven, una y otra vez, a ponernos los pies en el suelo y a despertarnos a empujones.

